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La Leyenda de La LloronaEn las noches frías de enero en la ciudad de México, cuando el viento se lamenta en las esquinas de las calles o gime en las rejas de tu ventana, las abuelas te cuentan esta historia... Hace mucho, dicen, antes de que llegaran los conquistadores españoles. La ciudad - Tenochtitlán la llamaban en aquellos días - aún flotaba en chinampas en el centro del valle. Era una ciudad alegre, con sus flores abundantes, los cantos de sus pájaros, y las vivas melodías de las flautas de barro. Los guerreros eran valientes, las mujeres hermosas. Y la más hermosa de todas era Cihuacoatl; algunos la llaman una diosa. Vestida siempre de blanco, el cabello negro y bruñido cayendo en dos largas trenzas entrelzadas con plumas brillantes, ella trajo el amanecer con solo salir de la casa de su padre por la mañana. Tenía quince años cuando conoció al más bello de todos los príncipes aztecas; fue amor a primera vista para los dos, y pronto ella le presentó con dos lindos hijos, gemelos tan fuertes y sanos e inteligentes como cualquier hombre podría desear. Gemelos que eran su orgullo y placer, aunque él ya no amaba a Cihuacoatl. Porqué le dejó su príncipe, nadie sabe. Algunos dicen que tenía una esposa en otra ciudad. Otros, que era un aventurero, buscando siempre una nueva conquista trás la loma siguiente. Quizás una diosa más joven, o una niña recién capturada, fruto de su destreza en la guerra, le había encantado. O tal vez había un cierto defecto de carácter en Cihua, algo no evidente a la mayor parte de la gente, deslumbrados por su belleza como estaban. Sea como sea, Cihua lamentaba su infidelidad. Sus risas fueron silenciadas; ya no cantaba mientras bañaba a sus bebés; se olvidó de las plumas que antaño decoraban sus trenzas. Los días eran una pena y un dolor. Pasaba largas horas al borde del canal, contemplando el agua oscura que resbalaba lentamente alrededor de las raíces de la chinampa. Un atardecer, después de que los gemelos se habían dormido, Cihua levantó la vista y ahí al otro lado del agua, estaba su príncipe. Era tan hermoso como el día en que lo vió por primera vez; bronceado y fuerte, adornado con brazales de oro y un faldón de piel de jaguar; el corazón se estremeció en su pecho. Porque a su lado, riendo, había una mujer con una vestimienta rara, bordada totalmente de flores. ¡Riendose, y tomada de su brazo! Una furia desesperada engulfó a Cihuacoatl. Gritó el nombre de su amante infiel, y el le miró. Apenas un vistazo rápido, indiferente, como si ella fuera una vecina cualquiera. Después, le volvió la espalda y se dirigió con su mujer nueva a la vuelta de una esquina. ¡"Vuelve, vuelve a mí!" gritó Cihua, pero solamente contestó el viento. Corrió a su casita y sacó a los niños dormidos, uno en cada brazo. A la orilla del canal, se paró y llamó de nuevo; "No quieres ver a tus hijos?" Pero su príncipe ahora estaba lejos; ella no oía ni siquiera la risa de la mujer. Le cegaron las lágrimas. "¡Toma tus bebés, pues!" gritó, enloquecida. Tiró el gemelo del brazo derecho al canal; hizo un chapoteo pequeño. Tras el, lanzó el niño de la mano izquierda. Hubo un chillido agudo, terminado al instante por un gorjeo. Entonces silencio. Los ojos de Cihau se despejaron; la luz volvió. Sus bebés flotaban en la corriente, cara abajo, cada momento mas lejos, ya fuera de su alcance. El remo del barco alcanzaría, pensó; corrió a traerlo, pero cuando regresó, los gemelos habían desaparecido. Toda la noche Cihua buscó, corriendo a lo largo de la orilla, agachándose para mirar con fijeza entre las raíces oscuras, forzando la vista a la luz de luna para descifrar cada chispa tenue, cada ondulación. Lloró, pero nadie le oyó, nadie vino a ayudarle. La encontraron por la mañana, empapada, con la ropa hecha trizas, si muerta de pena o ahogada, las abuelas no saben. Asi que te dicen, las viejas, que no salgas nunca a solas en la noche. Y mas, mantente especialmente bien lejos de los canales. Cihuacoatl vaga allí, lamentándose y llorando; la puedes oír de lejos, gritando al aire. La leyenda nos dice que cuando llegó a la puerta del paraíso, el guardián le pidió las almas de sus hijos gemelos. No la dejará entrar hasta que vuelva con ellos; así que busca, gimiendo, siempre cerca del agua. En noches lluviosas el pavimento mojado la engaña y recorre las calles de la ciudad; la han visto, dicen, una figura blanca en la niebla, con el pelo flotando y las faldas fangosas. "La llorona", la llaman ahora. ¡"Ay, mis hijos, mis niños," llama, "Ayyy! Donde los puedo hallar?" Asi que, no salgas, no salgas a solas de noche. Quién sabe; puede ser que te encuentras a la llorona. Y quién sabe; en su desesperación, te puede confundir con su príncipe desleal o con su más reciente amor, y su angustia puede tornarse en rabia. Entonces lo último que sentirás será el aprieto de sus dedos mojados y fríos a tu cuello. |
©Susannah Anderson, 2006
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